Estar presente en nuestro cuerpo: el regreso al hogar interior
- Nayeli Maillefert
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De alguna manera, todos estamos buscando algo. A veces lo llamamos amor, otras veces paz, o verdad, o un propósito. Y mientras más estresados nos sentimos, más buscamos… acelerándonos. La mente se llena de pensamientos insistentes, nos movemos de una actividad a otra, nos ocupamos sin descanso. Es como si fuéramos en bicicleta, pedaleando cada vez más rápido, creyendo que allá adelante —en otro momento, en otro lugar— encontraremos lo que nos salvará. Pero lo que más necesitamos, aquello que en el fondo estamos anhelando, solo puede encontrarse aquí, en este instante, en la experiencia viva del presente.
El maestro Robert Hall lo expresó con la claridad de un espejo:
Dentro del cuerpo que llevas puesto, ahora,
dentro de tus huesos y de tu corazón latiendo,
vive aquel a quien has estado buscando por tanto tiempo.Pero debes dejar de huir y estrecharle la mano,
el encuentro no ocurre sin tu presencia… sin tu participación.Es él mismo quien te espera allí,
se mueve entre los árboles, con el brillo del agua,
crece entre la hierba y acecha en las sombras que creas.No tienes adónde ir.
El matrimonio ocurrió hace mucho tiempo.
Contempla a tu compañero.
Quizá el verdadero dolor que compartimos los seres humanos es el de vivir fuera de casa… y ese hogar es nuestro propio cuerpo. Es aquí donde reside la sabiduría para responder a las exigencias del mundo. Sin embargo, la mayor parte del tiempo habitamos en otra parte: en un lugar llamado “la mente”, que nunca deja de planear, revisar, anticipar. A lo largo del día entramos en un estado de ensoñación mental, atrapados en pensamientos repetitivos, girando entre recuerdos del pasado y preocupaciones del futuro. El cuerpo se tensa anticipando lo que podría salir mal y, en ese trance, la maravilla de la vida que está sucediendo ahora nos pasa de largo.
La naturaleza es una gran maestra para regresar. Basta caminar entre árboles o escuchar el rumor del agua para que el cuerpo empiece a relajarse, como si recordara que es parte de algo más grande. Lo salvaje despierta al animal que vive en nosotros y nos devuelve a los sentidos.
Habitar la cabeza da la ilusión de control. Y esa ilusión se vuelve adictiva. En cambio, estar en el cuerpo implica sentir sin filtros, y eso nos incomoda. Quizá por eso hemos aprendido a huir hacia la mente. Pero esa huida nos aleja también de los demás: de otros cuerpos humanos, del cuerpo vivo de la Tierra, de los animales, plantas e insectos que nos acompañan.
Podemos regresar, y es más simple de lo que parece. Cuando notes que estás atrapado en pensamientos, detente y pregúntate: ¿Qué es lo que no estoy dispuesto a sentir ahora? A veces hay emociones que nos asustan o incomodan, y nos evadimos para no sentirlas. Nombrar lo que sucede —“estoy juzgando”, “estoy obsesionado”, “me estoy distrayendo”— interrumpe el hechizo. Respira, suaviza los hombros, sé amable contigo. Es un regreso.
La práctica diaria de la atención —ya sea en forma de meditación, de una caminata consciente o simplemente de detenerse a respirar— es un entrenamiento para volver al momento presente. No se trata de controlar la mente, sino de recordar el camino a casa, una y otra vez. Con cada regreso, la distancia se acorta.
El cuerpo es el hogar donde la vida sucede. La mente es la visitante inquieta. Quizá hoy podamos invitarla a sentarse junto al fuego, a escuchar el latido que nos recuerda que ya hemos llegado. Porque, al final, todo lo que hemos estado buscando… siempre ha estado aquí.