El susurro olvidado del pozo dormido

  • Nayeli Maillefert
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Dicen que hay lugares donde la Tierra guarda secretos antiguos. Lugares que no aparecen en los mapas, pero que laten suavemente en el corazón de quienes los recuerdan. Uno de esos lugares es un pozo dormido, escondido entre las raíces del tiempo y cubierto por el olvido de quienes dejaron de escuchar. Este cuento nació como un eco suave, como un murmullo entre las flores, como el rastro de una historia que se niega a desaparecer. No es una fábula inventada. Es un recordatorio de lo que ocurre cuando alguien se detiene a mirar, cuando una presencia amorosa toca lo que parecía perdido. Tal vez, al leerlo, algo también despierte en ti.

Hola… qué sorpresa encontrar otra alma luminosa por aquí. Pensé que estaba sola. Bienvenida.
¿Te pasó como a mí? ¿Escuchaste un llamado?
Una voz montada en una ráfaga de viento que bajó justo lo suficiente para rozar el asfalto… y susurrarnos algo antes de volver a elevarse, llevándose el aliento del alquitrán hacia lo alto.
Fue una fortuna.
Ven, cuéntame tu historia… y yo te contaré la mía, sobre esa voz que se metió directo en el corazón.
Mira, este lugar es perfecto: podemos descalzarnos sobre el pasto húmedo y compartir estas galletas de avena con té frío de limón que he traído.

Lo que yo escuché fue sobre las cosas perdidas.
No las que se extravían con estrépito, sino aquellas cuya ausencia apenas notamos…
hasta que una parte de nosotras —esa que habita en la sombra— las comienza a buscar.
A veces reaparecen en lugares silenciosos, donde las palabras se disuelven en entonaciones, como colores que se desvanecen en el aire, como un arcoíris que aún sin verse del todo, deja huellas en la luz.

Había, no hace tanto —aunque tampoco hace poco—, un pozo.
No uno de esos que tintinean con monedas o suspiran viejos deseos,
sino un pozo sagrado. Profundo. Claro.
El agua burbujeaba suave sobre la piedra. El aire se quedaba quieto, hidratándose en paz.

Nunca supe si tuvo un nombre.
Lo que está en constante cambio es difícil de nombrar.
Y los lugares sagrados cambian de nombre según quien los visita.
Sus aguas bullían para curar la tristeza, los pasos cansados, los corazones astillados.

En otro tiempo, gente venía de lugares lejanos a encontrarlo.
Especialmente en otoño, cuando las hojas creaban alfombras doradas y la brisa olía a tierra sana.
Ataban cintas a los árboles cercanos y susurraban esperanzas a las piedras.
Y el pozo respondía. A su manera, en silencio.

Pero el mundo se volvió ruidoso.
Y ajetreado.
Y poco a poco, los caminos secretos hacia lo sagrado fueron olvidados.
Las cintas se disolvieron.
La hierba creció. Lianas perezosas se arrastraron y cubrieron su entrada.
Y el pozo se hundió en un largo sueño bajo zarzas y raíces.

Un día, un Bolsero de Wagler —ese pájaro curioso, goloso de néctares dulces— picoteaba por ahí.
Y cuando alzó vuelo, su canto se convirtió en ráfaga, y esa ráfaga voló, y voló…
hasta dejar caer la historia en mi regazo.
No la esperaba, ¿sabes?
A veces una no hace planes, pero se encuentra justo donde debía estar, en el instante perfecto.
Y el aliento que tanto había esperado… cae suavemente, bailando con las hojas, hasta tocar el suelo.

Así que caminé.
Despacito.
Atenta a cada paso,
hasta que sentí una hondonada, leve, donde el silencio parecía haber tragado todo.
Y supe.
Supe que el pozo no se había ido. Solo dormía.

Llamé.
Tomé mi pequeña pala de jardín y aparté con cuidado las ortigas.
Mi perro me miraba curioso, olfateando algo que su nariz aún no comprendía.

Trabajé con delicadeza. Cavé despacito, apartando piedritas.
Le susurré gracias a la Madre Naturaleza.
Y poco a poco, el pozo volvió a brotar.

Primero el agua, tímida.
Luego el centelleo.
Después, el sonido.
Un murmullo bajo la piedra, como si recordara cómo reír.

Formé un círculo con guijarros.
Y cuando el viento volvió a agitar las flores, atamos cintas al árbol y susurramos deseos.

Y ahora, escucha bien, porque esta es la parte que no debes olvidar:
El pozo regresó porque alguien lo recordó.
Porque alguien vino.
Porque alguien le pidió, con amabilidad, que volviera.

Así que si alguna vez estás vagando y sientes que un lugar ha sido olvidado…
haz una pausa.
Saluda.
Susurra algo amable.
La Tierra siempre recuerda a quien la recuerda.

Y ahora, querida… ¿quieres té?
¿Me cuentas tu historia?
Si quieres, mañana vamos al pozo.
Siempre es bueno tener compañía.


Nayeli

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