Retiro de silencio: cómo la meditación transforma el miedo en amor

  • Nayeli Maillefert
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En medio de un retiro de meditación y silencio, recibí una llamada de auxilio: una tarántula estaba cerca de la habitación de una compañera. Emocionada, me acerqué, calmé a la araña y a mis compañeras, y la reubiqué con cuidado en los jardines oscuros. Luego, volví a mi rutina de meditación, reflexionando sobre la belleza de los pequeños detalles y mi rol como guía de tiempos en el retiro.

Ya había terminado el intenso día.
La noche nos invitaba a descansar después de las largas horas de meditación en el retiro de silencio.

Buscaba en mi teléfono los videos de chi kung que tenía preparados para antes de dormir, cuando vi una notificación en el chat del grupo.
Un mensaje: “SOS”.
Una tarántula estaba afuera de la habitación de una compañera.

“Voy”, respondí, esperando no llegar demasiado tarde.
Me emocionó la oportunidad de interactuar con una tarántula.
Tomé mi gorra, salí descalza —como he estado todos estos días— y caminé hacia la habitación.

Al llegar, encontré a varias compañeras alumbrando desde lejos con sus celulares, visiblemente nerviosas.
Otra intentaba atrapar al arácnido lanzando una cajita con no muy buen tino.
Me acerqué decidida:

—“A ver, ya estoy aquí”— dije, sin quitar la vista de la araña, que parecía asustada.
—“Ten cuidado”— escuché.
—“Sí, sí, yo me encargo”— respondí, mientras la emoción y la ternura me embargaban.

Qué fascinante forma de vida, pensé.
Me encantan sus patitas peludas, levantadas ahora en gesto de guardia.

—“Tranquila, amiga” —le dije suavemente— “no pasa nada, despacito… ven por aquí, hermosa.”

Acerqué la gorra. La tarántula subió con una calma inesperada.
La deposité con cuidado en la cajita y cerré la tapa.

—“Ahora la llevo al jardín detrás de las habitaciones.”
—“Llévatela lejos.”
—“Sí, claro… pero necesito algo para mis pies, estoy descalza.”

En mis manos viajaba una vida preciosa.
El jardín estaba oscuro, y la actividad nocturna de los insectos se hacía evidente: hormigas, grillos, pasos diminutos sobre el pasto.
Abrí la tapa. La tarántula salió, majestuosa, como toda una señora.

Listo.
Regresé contenta.
Había sido un buen día.

Esa mañana había compartido algunos de mis poemas favoritos mientras guiaba la meditación.
El corazón flotaba en el aire, como si le hubieran crecido alas que se extendían muy lejos.

He disfrutado de los momentos de descanso, mirando el cielo que nos ha regalado nubes de tormenta entre brillos dorados.
Al caminar, noto las gotas suspendidas en los hilos invisibles de las telarañas, los pétalos brillando como joyas.
Estos son los ojos nuevos que la meditación ha creado.

Minutos y horas con los ojos cerrados, siguiendo la respiración, atestiguando pensamientos, y regresando una y otra vez a los entendimientos que el maestro nos ha revelado con tanta profundidad.

Suena mi alarma: debo anunciar el final de la sesión.
Este año, Jhampa me ha pedido llevar los tiempos y las guías de la meditación.

Estoy concentrada, sumergida en una calma alerta.
El silencio mental me envuelve.
Mi timer personal vibra suavemente: el tiempo ha llegado a su fin.

Abro los ojos.
Invito a todos a respirar profundo, a señalar al cuerpo que la práctica termina, a volver lentamente al espacio del salón.

Las formas regresan.
Los rostros se reconocen unos a otros.
Sé que cada uno de nosotros está siendo movido por las corrientes subterráneas de su propia práctica.

A veces el silencio no llega envuelto en calma, sino en una forma inesperada, con ocho patas y un cuerpo que despierta antiguos miedos.
Pero cuando la mente se aquieta y el corazón se abre, incluso lo temido revela su belleza.
Aquella noche, al sostener a la tarántula entre mis manos, comprendí que era también la guardiana del umbral entre el instinto y la compasión, un espejo donde mis propias sombras se inclinaban a ser miradas sin juicio.

El silencio me enseñó que meditar no es escapar del mundo, sino aprender a tocarlo sin herirlo, a mirar cada ser —humano o diminuto, temido o amado— con respeto y asombro.
Entonces entendí: el silencio no es ausencia, sino una manera profunda de estar viva dentro de todo lo que respira.

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