Bitácora en tránsito: Bajo la influencia de Urano en Tauro
- Nayeli Maillefert
- 0 comments
Los últimos años han sido una metamorfosis silenciosa. El tránsito de Urano por Tauro —activando mi Sol, Mercurio y Saturno en la Casa 8— no me trajo respuestas claras, sino preguntas nuevas. No fue un giro estridente, sino un movimiento subterráneo, una presión externa y también interna que me exigió verdad, autenticidad, presencia. No ha sido un proceso terminado, ni siquiera predecible. Se ha sentido más bien como una marea, a veces dolorosa, que lentamente me fue arrastrando hacia lugares dentro de mí que por mucho tiempo habían permanecido sellados, inconscientes, intocados.
Uno de los temas más escabrosos que he tenido que mirar de frente ha sido mi vivencia de la sexualidad. Durante años, fui ajustándome a lo que creía que se esperaba de mí en mi matrimonio, sin darme cuenta de cuánto de mí estaba quedando fuera del vínculo, cuántos de mis deseos, necesidades y lenguajes internos estaban siendo invalidados —no por los otros, sino por mí misma. Urano no vino a destruir lo que era, sino a hacer visible lo que yo misma había escondido: que el deseo es un lenguaje del alma que se me había perdido, que hay una parte profunda en mí que pide ser reconocida y que ya no puede adaptarse a moldes prestados. Sigo en ese proceso. Todavía me observo, a veces con vergüenza, a veces con ternura, tratando de reconciliar esa parte de mí con la vida cotidiana, con las decisiones concretas, con lo que aún me cuesta nombrar.
En paralelo, he caminado más hondamente mi relación con el Reiki. No solo como técnica, sino como camino espiritual. He comenzado a confiar en mi capacidad de canalización energética, no desde la idea de “tener un don especial”, sino desde la certeza de que cuando me vacío de expectativas y me abro al silencio, la energía sabe por dónde fluir. Todavía me asombra. A veces lo dudo. Pero poco a poco he aprendido a no interferir, a dejar que algo más grande me guíe.
Durante dos años y un tanto, acompañada por el espacio seguro de la terapia, he enfrentado con honestidad aspectos de mi ego que antes no podía ver con claridad. Las experiencias con plantas maestras —ayahuasca, peyote y hongos— han sido parte de ese proceso. Lejos de ofrecerme una vía de escape o de iluminación rápida, lo que trajeron fue el reconocimiento de mi profundo deseo de control. Controlar las emociones, los desenlaces, el relato que los demás tienen sobre mí. Estas medicinas me mostraron mi mecanismo más íntimo de defensa: anticiparme, comprender, racionalizar… para no sentirme vulnerable. Pero en el fondo, ese control era solo un escudo, una forma sofisticada de evitar lo que en verdad necesitaba: entregarme. Confiar.
El tránsito por la Casa 8 ha tenido un carácter iniciático. No es algo que pueda explicarse con facilidad, porque toca capas invisibles, íntimas. Me confronta con mi sombra, con mis miedos de abandono, con el duelo de versiones antiguas de mí misma que ya no me contienen, aunque me duela soltarlas. Urano ha sido un relámpago en las entrañas: ha iluminado lo que estaba oculto y me ha exigido vivir con mayor presencia lo que siento. No siempre sé cómo. No siempre puedo. Pero lo intento.
La cuadratura de mi Sol natal con Lilith y Vesta en Leo ha revelado otra tensión: el miedo a brillar plenamente, a ser vista en mi poder sin pedir permiso. He notado cuán profundo es el temor de parecer arrogante, intensa, fuera de lugar. Y sin embargo, la vida me está mostrando que el fuego que habita en mí no es un exceso: es un llamado. Una fuente de luz que no necesita ser moderada, sino amada y respetada. Todavía me cuesta sostener esa llama sin dudar, sin juzgarme. Pero hoy al menos ya no la niego. La reconozco.
Y en medio de todo esto, ha surgido un hilo nuevo, fino y luminoso: el gozo. No como recompensa, ni como final feliz. Sino como un respiro íntimo, un temblor suave que me recuerda que estoy viva, que puedo soltar, que hay belleza en el simple hecho de ser. La alegría ya no es un estado externo que persigo, sino una raíz que empieza a anclarse en mi interior. Es ahí donde me reconozco como amor y como paz. No porque lo haya logrado, sino porque he dejado de buscarlo afuera.
Este testimonio no es una conclusión. Es una pausa. Un tramo del camino donde puedo mirar atrás con gratitud y al frente con humildad. Sé que todavía me pierdo. Que sigo tomando cosas como personales, que a veces creo que hay algo erróneo en mí. Pero también sé que cada vez tardo menos en volver a casa.